Los unió el arte (eso dicen ellos) O tal vez fue la soledad (eso lo digo yo). Ella soñaba que se abrirían las puertas de la terminal A de Ezeiza y aparecería él con un ramo de flores, bien vestido, perfumado... mirándola a los ojos diciendo "En persona eres mil veces más guapa". Soñaba que las conversaciones sostenidas durante más de un año a través de Facebook y de la red se convertirían desde esa misma noche en miles de charlas face to face. Creía que sus dos meses en Argentina serían como una luna de miel sin boda, un premio sin concurso. Tenían planeado visitar museos, ir al teatro, viajar a Punta del Este... Soñaban con conocerse y enamorarse.
Las doce horas de avión que separan Madrid de Buenos Aires eran ideales para dejar correr la imaginación y fantasear con el escenario que iba a encontrarse nada más llegar.
Sin embargo en la vida no todo es de color rosa. Hubo algo que empezó a ensombrecer el cuento de hadas. El príncipe azul no se presentó en el aeropuerto, tampoco hubo nadie con un mensaje de disculpa ni una explicación. Los miles de supuestos durante el viaje, los nervios y la esperanza de deslumbrarse se desvanecieron en un abrir y cerrar de ojos. Ninguna explicación aparente. A ella solo le quedaba poner una media sonrisa y una dosis de buen humor. Recogió sus maletas, miró para adelante y salió.
Pasó una noche con un poco de pena y otro poco de preocupación. El teléfono del galán, inactivo desde hacía tres días, de repente se encendió.
- ¿Don Hugo? ¿Eres tú?
Algún otro balbuceo y susurro fueron suficientes para reconocer la voz que durante horas la estuvo acompañando en momentos donde su tiempo y el de ella se fundían en espacios eternos.
Hugo sufrió un infarto cerebro vascular el día antes de que ella llegara. Estaba internado en el Argerich. Un hospital público de Buenos Aires cerca del barrio de la Boca. Convengamos que el sistema sanitario público en esta parte del mundo deja mucho que desear para ser el lugar donde tener una primera cita.
Antes de emprender viaje hacia el hospital, decidió hacer unas cuantas averiguaciones. Todas las personas con quienes contactó se comprometieron desde un primer momento, bastaba decir la edad de los protagonistas, el medio por el que se conocieron y la distancia que los separaba para que brindaran todo tipo de ayuda e información.
No faltó tiempo para acicalarse y prepararse. Al más fiel estilo Lady Di, mi tía abuela se presentó esa mañana en el hospital. Estaba nerviosa (yo ni te cuento!). Corrió a abrazarlo. Le sostenía la mirada.
Hugo no estaba solo, a su lado yacía un hombre con pinta de haber tenido poca suerte en la vida. Carlitos, vive en la calle y está "de paso" en el hospital. En dos minutos logró ponernos al tanto, con sus palabras, de la situación clínica del príncipe encantado.
Lo que ha sucedido después podría ser guión de una película de Almodovar. Ella ha decidido quedarse a cuidarlo. Va todos los días al hospital. Les lleva elementos de aseo, ropa limpia, colonia... pide a las enfermeras que cambien las sábanas, procura mantener limpia la habitación... Mi tía-abuela se ha convertido en su mayor motivo para lograr salir a dar un paseo y volver a vivir. El Argerich es el marco donde encuadrar un poco de aventura, una pizca de locura, una gran dosis de generosidad y una eterna necesidad de sanar cosas que en otro momento de su vida hubo que curar. Son 72 años los que tiene y mucha tela para cortar. Esto, sin lugar a dudas, continuará...

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